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Todos van a St Tropez

25 Julio 2011 Texto // Laetitia Thollot Fotos // Laetitia Thollot

Desde los años 60 este pueblo de la Riviera Francesa es uno de los puntos de encuentro del jetset parisino e internacional. Vale la pena visitarlo todo el año, pero en verano es cuando brilla más, con su puerto lleno de esplendidos yates y viajeros llenando las terrazas de los cafés. Siempre encontrarás algo que te guste en Saint Tropez.

En Francia, en la tele es frecuente oír a los famosos hablar de eventos sucedidos en “St Trop” (pronunciar "san tropé"), donde suelen pasar los meses de verano para descansar de París. Al mencionar estas fiestas o conciertos, ponen caras de conspiradores, se ríen y hacen bromas incomprensibles para la mayor parte del público. Sin la menor duda, muchas cosas suceden en este pueblo mediterráneo: nacen proyectos artísticos, se hacen y se deshacen las parejas y amistades, sin olvidar esas tremendas parrandas que son llevadas a cabo. Después de oír tanto hablar de este lugar, ¡es tiempo de conocerlo!

Mansiones flotantes

Acabas de llegar, das tus primeros pasos por el malecón y empiezas a notar que este pueblo no se parece a ningún otro. ¿Por qué este señor de cabello descolorido se pasea con una grabadora debajo del brazo, escuchando a los Rolling Stones? ¿Acaso ignora la existencia de los reproductores mp3? ¿Por qué en cada esquina hay un reloj de marca Rolex? Las embarcaciones rivalizan en tamaños, a mí mama no le agradan los yates, dice que desfiguran el pueblo con sus aires de bunkers nazis. Felizmente para mí, deja de refunfuñar a la vista de un par de elegantes veleros ingleses que parecen caballos árabes en un rebaño de hipopótamos.

Aquí los habitantes de los barcos tienen tan poca privacidad como los animales de un zoológico. El desfile de turistas empieza alrededor de las 10 de la mañana, y sigue hasta muy entrada la noche. Hoy hago parte de esta muchedumbre, me toca ver letárgicas señoras con libros en mano, semidiosas de bikini que parecen decir “Miserables plebeyos, envídienme, venérenme…”, ancianos con trajes estrafalarios absortos en enigmáticos juegos y perros finos cuidados por empleados uniformados.

Después de observar a quién tiene el privilegio de pasar la noche flotando en las aguas del puerto, me intereso a otro grupo de personas que también suelen acudir a St Tropez al llegar la alta estación, las soñadoras. Sentadas en las bancas del puerto rebozan de juventud y belleza  las chicas más guapas de Francia. Lucen zapatos de tacón alto, faldas y blusas de hechura fina, perfectos para este día en que esperan llamar la atención de algún millonario aburrido en su yate. ¡Las ganadoras se llevarán dos meses de fiesta, buena comida y compras gratis! Más adelante, una pareja come helados, con los ojos perdidos en la contemplación de las embarcaciones. Aunque los franceses suelen aparentar desdén o enojo delante de todo lo que brilla, el lujo no ha dejado de fascinarlos.

La Musa de St Trop

Donde hay dinero florece el arte, St Tropez no escapa a esta regla. Los cuadros en venta abundan en el malecón, algunos representan el pueblo, otros son salvajemente abstractos, y no me sorprendo al ver que algunos artistas tienen como única fuente de inspiración a la actriz de Y Dios creó a la mujer, Brigitte Bardot, BB para los franceses, que se encuentra representada de las formas inverosímiles: de Venus saliendo de una concha, de sirena, de centauro y de todo lo que se le ocurra al artista.

En todo el pueblo, BB es omnipresente. Homenaje merecido, ya que la leyendaria belleza de esta mujer-niña hizo la fama del lugar. La actriz vive aquí todo el año, en su casa de “La Madrague”, que los barcos turísticos suelen enseñar a los visitantes. Al caminar por el cementerio marino de St Tropez donde se encuentra la tumba, adornada de discos, del productor Eddy Barclay, me pregunto si BB ya tendrá un sitio reservado aquí.

Curioseando

Adentrándote en las calles angostas del pueblo, encontrarás altas casas naranjas cubiertas de buganvillas que ofrecen hermosas vistas de la iglesia, el puerto, el cielo azul, las higueras y los laureles, con flores rosas que huelen a miel y regalan su frescura en todas las esquinas. Es un placer caminar tranquilamente viendo vitrinas de boutiques de diseño, joyas y ropa fina.

En una importante calle peatonal nos impresiona la gigantesca tienda de Ivan Hor. Lo suyo, son los barquitos de papel; los pega en postales y en cuadros de todas las dimensiones, me da curiosidad y entro para ver más barquitos. Ivan me cuenta que antes pintaba cuadros más elaborados, pero no tenía mucho éxito, hasta que se le ocurrió lo de los barquitos. Ahora, los propietarios de yates acuden para comprar sus obras. Le pregunto cuanto cuesta uno de los cuadros grandes, checa el precio en un cuaderno y me contesta: ¡17000 Euros! ¡Es decir 290000 Pesos Mexicanos! Dudo que sea buena inversión ya que lo críticos de arte suelen despreciar estas obras decorativas.

Afuera de una galería de arte, me llama la atención un perro de porcelana. Lleva un vestido victoriano, y la expresión de su cara es sumamente orgullosa. No puedo decir si lo adoro o lo odio, pero me obsesiona, le saco una foto y el dueño sale para regañarme, ¡sin dudas le da miedo que me robe el concepto! Desde la terraza de un café, nos ve con profundo desprecio un señor con aire aristocrático, pelo liso y lentes redondos recostado en su silla.

Ya lo dije, St Tropez atrae a los famosos, a los ricos, a las seductoras, a los artistas, a los fans de BB, a los curiosos de todo tipo. Este año, yo también caí entre sus garras, y aunque no me apasiona la jet set, me divertí bastante y por fin pude ponerle un marco a la famosa canción de los pitufos del padre Abraham.

www.saint-tropez.fr

Acerca del autor

Laetitia Thollot

Laetitia Thollot

Nací y crecí en LyonFrancia. Me encanta viajar, pero me falta mucho por descubrir. En mi última carta a Santa Claús, solicité boletos redondos a paises asiáticos como JapónNueva ZelandaTailandia y Bután.

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