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Dic29

La vida en amarillo

29 Diciembre 2009 Texto // Laetitia Thollot Fotos // Laetitia Thollot

En Izamal conviven tres épocas: el tiempo de los mayas, el periodo colonial y la vida de hoy, con su sabrosa cocina tradicional. Fue como hacer 3 viajes en uno.

Estaba en Mérida y empezaba un día caluroso. Tenía ganas de salir a conocer parte de Yucatán, célebre por su belleza, pero carecía de ideas. Decidí preguntarle al personal del hotel Casa Lucía, donde estaba hospedada, y lo más destacado que salió de mis interrogatorios fue “-Vaya a conocer Izamal”. Frente a tanta certidumbre me rendí, y fui a la central de autobuses.

Una maravilla morisca

Una hora más tarde, estoy caminando por una calle que conduce a la plaza central del pueblo. Al compás de mi avance, desfilan casas de estilo colonial. “¿Por qué todo es amarillo o blanco aquí?” me pregunto. A lo lejos vislumbro un conjunto arquitectural que brilla bajo el sol de forma irreal.

Apresuro el paso y detengo mi respiración. Al desembocar la calle sobre la plaza, me espera un espectáculo de ensueño: una monumental escalera que sube hacia un patio rodeado de portales. Todo está pintado con un deslumbrante color “amarillo canario”, realzado por ornamentos blancos.

Entro por el pórtico central y descubro un edificio de características moriscas. Te podrías imaginar aquí protagonizando uno de los cuentos de las Mil y una noches en un entorno maya. Me siento en una banca con la cabeza llena de evocaciones mitológicas. Conforme avanza la hora, la sombra de los arcos se alarga desmedidamente, proyectando en el suelo una especie de tablero, atravesado por la carrera de niños jugando.

Entro al edificio y paseándome entre los antiguos retablos, me entero de que estoy en un ex-convento dedicado a San Antonio de Padua. Fue construido a principios del siglo XVI por el monje franciscano Fray Diego de Landa. Aquí mismo se encontraba un antiguo templo maya, que fue demolido y cuyas fundaciones fueron ocupadas para construir el convento, como se acostumbraba en la época.

 

La gran pirámide

Pero éste no es el único rastro de la civilización maya en Izamal. Los lugareños me revelan la existencia de una pirámide. Está un poco apartada del centro y camino durante de 10 minutos en calles empedradas donde pasan las “Victorias”, que son las típicas calandrias del lugar.

Justo cuando empiezo a sospechar que me perdí, alzo la vista y descubro que estoy al pie de la base de lo que parece ser una gigantesca pirámide, y siento la misma emoción que Napoleón en su Campaña de Egipto, al descubrir a la primera Maravilla del Mundo.

Subo por una senda y llego a lo que parecía la cima, sólo para encontrar otra pirámide, con diez niveles de construcción que perpetuan hasta hoy el reino de los mayas, y que está dedicada a su dios del sol, Kinich Kak Mo.

 
Kinich no sólo es un dios maya

Unas preocupaciones más prosaicas surgieron de repente a mi mente: ¿Dónde comer? Recuerdo que en Mérida me recomendaron un lugar, que se llama precisamente como la pirámide: “Kinich”. No debe de estar muy lejos.

El restaurante más famoso de Izamal se esconde del sol bajo una rústica palapa, con madera sin pulir y adornos de fiesta: uno de estos lugares auténticos donde se presiente una explosión de sabores para las papilas gustativas, con la conciencia tranquila para la tarjeta de crédito.

Con satisfacción, veo que mi intuición no me engañó. Los papadzules (un tipo de sope que lleva frijoles y pavo) que ordené son una delicia. El lugar ofrece 25 platillos típicos como el poc-chuc (carne de cerdo adobada y cocinada a la leña) o los encamisados (tortilla rellena de huevo). Además todo viene acompañado con tortillas hechas a mano. Para terminar pido un plato de dulce de papaya que está como para chuparse los dedos.

Regreso a dormir a Mérida, prometiéndome regresar pronto a quedarme en Izamal, una de las tantas razones por las que siento debilidad por Yucatán.

 
Cómo llegar:

Izamal está a 72 km al este de la ciudad de Mérida. Se llega por la carretera 180, tomando una desviación a la izquierda a la altura del km 40, en el poblado de Hoctún.

Donde comer:

Kinich

Calle 27 No. 299 entre 28 y 30

Acerca del autor

Laetitia Thollot

Laetitia Thollot

Nací y crecí en LyonFrancia. Me encanta viajar, pero me falta mucho por descubrir. En mi última carta a Santa Claús, solicité boletos redondos a paises asiáticos como JapónNueva ZelandaTailandia y Bután.

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