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Comiendo en el fin del mundo

01 Mayo 2010 Texto // Jessica Servín

Una jornada culinaria en Tierra del Fuego, Ushuaia, el mítico territorio austral conocido como el fin del mundo.

Son las cinco de la tarde y ya es de noche. Los dedos de los pies se entumecen. Trato de moverlos dentro de las botas para ver si la sangre circula. Irene hace una especie de aeróbic y levanta las piernas como marchando. Néstor se frota las manos enguantadas para calentarse. Sólo esperamos la hora en la que al fin podremos tomar ese vino para recuperarnos del frío.

Son las cinco de la tarde y ya es de noche. Los dedos de los pies se entumecen. Trato de moverlos dentro de las botas para ver si la sangre circula. Irene hace una especie de aeróbic y levanta las piernas como marchando. Néstor se frota las manos enguantadas para calentarse. Sólo esperamos la hora en la que al fin podremos tomar ese vino para recuperarnos del frío.

La temperatura es de -10°C. Los escalofríos vienen de vez en cuando y mi nariz se acerca mucho a la de Rodolfo “El Reno”. Armando, nuestro amigo chef, que cocina junto a Peter Curuchet, alias “Gato”, se abriga en la fogata donde ha puesto a cocinar el cordero. “¡Qué ya terminen para acercarnos al fuego!”, les grito. Sí, éste es el fin del mundo, estamos en la llamada ¿Tierra de Fuego? Ese nombre no lo entiende el temblor de quijadas que padecemos en medio del bosque. Pero justo esa es su contradicción. Porque pese a todo este clima extremo, sonreímos ante lo imaginable: viajar al sitio más austral para saborear sus platillos, mirara su paisajes y convivir con sus costumbres en un perímetro de 72 mil kilómetros cuadrados.

DÍA UNO

Es nuestro primer día y Armando, quien nos invitó hasta acá, fuma un cigarrillo mientras escucha en su iPod los acordes de Yo-yo Ma. Llegamos a Valle de Los Lobos, a 10 minutos de Ushuaia. Es un criadero de perros de trineo y un centro de actividades de montaña. Al frente está el “Gato”, que tiene 24 años de vivir aquí. Comemos empanadas de carne, vino tinto, un bistec con puré de papa y flan con dulce de leche. Quién sabe en calorías cuánto será, pero seguro que nos mantendrá sin frío.

Al esperar nuestro turno para subir al trineo y acompañar a Armando, quien cazará un castor, me cuenta que cuando visitó México, se enamoró de Guanajuato, que le impresionó su arquitectura y le sorprendió el sabor de los gusanos de maguey en Hidalgo: “El pulque pega mucho, pero me volví fanático de las salsas que le pusieron al tlacuache”.

Vamos al bosque sobre una moto de nieve, el día es soleado, llegamos cuando el “Gato” le explica a Armando que el castor es un depredador, el chef le contesta con la promesa de que lo preparará con una salsa de cebolla y verduras, y en eso queda. Porque como dije, lo que se cocina es cordero. El día termina en la cabaña de nuestro anfitrión Peter, con vino caliente y una película sobre perros siberianos, que pueden correr hasta 12 horas sin parar.

 
DÍA DOS

Partimos a las nueve de la mañana hacia el Canal de Beagle, aquí subimos a un barco para ir en busca de centollas, un cangrejo bien conocido por Jorge Elbin, el guía de esta aventura y con 19 años de experiencia, dice que al mes pesca dos toneladas.

Viajamos unos 45 minutos hasta la Isla Grande, donde el agua es más fría. Armando conversa con Jorge sobre la forma en la que pescarán y mientras eso pasa, van cortando las espinacas. Llegamos, Elbin muestra al crustáceo y sus 50 centímetros de ancho. Armando calienta el agua. La sensación térmica hace que la temperatura baje a -18°C. Ponen a la centolla viva en el agua y la sazonan con aceite, al natural. Le retiran el caparazón, la colocan sobre un plato con espinacas y Goving le pone sal. El sabor es suave. Después un vino blanco y el llamdo de “¡a comer chicos!”.

 
POR UNA IMAGEN

Conocer Ushuaia, luego de 12 horas de vuelo, es hacerlo bajo la consigna de que quién sabe cuándo se pueda regresar. De abril a marzo hace el mejor clima. Desde el aeropuerto un taxi te llevará por seis dólares a la zona hotelera. Sus 70 mil habitantes son verdaderos ciudadanos del mundo, hay franceses, holandeses, bolivianos y chilenos, todos han llegado aquí con un objetivo en común, la tranquilidad. Carla Laguardia es una de ellas, vino desde Buenos Aires hace seis años. Llego por casualidad para estudiar turismo y se quedó por los paisajes: “Aquí el pasar del tiempo es tranquilo” y, según sus conocimiento, dos son los sitios imperdibles: el Parque Nacional y la zona de los lagos”.

 
HORAS AUSTRALES

“El sol iba a desaparecer detrás de las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, algunas nubecillas reflejaban los últimos rayos que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral”. Así comienza Julio Verne a describir estas tierras en su libro El Faro del Fin del Mundo. De la misma forma en la que anoche en Ushuaia, las montañas Martial se cubrían con la nieve y la luna aparecía para coronarlas.

Y es que en invierno el día tiene ocho horas, aquí nadie pierde el tiempo. Puedes iniciar con una visita al Museo Marítimo (www.museomaritimo.com), una antigua cárcel construida en 1912. Aquí está la historia de la ciudad y la del prisionero “Petiso Orejudo”, asesino de niños. Otra es practicar el esquí en el Cerro Castor, subir al tren del Fin del Mundo o navegar hacia el Faro donde te platican la historia de los aborígenes yámanas. Todo eso al tiempo que, al mirar un mapa, envuelto por la magia de Ushuaia, parece que este no es el fin, sino el principio de todo.

 

 

Guía de Viaje

AVIÓN: Aeroméxico Viaja redondo México-Buenos Aires. Desde Buenos Aires a Ushuaia Aerolíneas Argentinas

IMPUESTOS de salida de Ushuaia: 6 dólares, y para salir de Buenos Aires 5 dólares.

HOTEL: Albatros. Av. Maipú 505, Ushuaia. Tel. 02901 42 3206. www.albatroshotel.com.ar

COMER: Ramos Generales, el Almacén. Su panadería es imperdible. Pastas caseras.

Precio por comensal desde 18 dólares. www.ramosgeneralesushuaia.com

WEB: www.tierradelfuego.org.ar

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