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Postales de la Ciudad Maravilla

06 Enero 2011 Texto // Laetitia Thollot Fotos // Laetitia Thollot

Río de Janeiro, una ciudad de contrastes que está entre las bellezas del planeta y que invita a observar la infinita diversidad humana que reúne. Vive momentos excepcionales con sus singulares habitantes.

Son las nueve de la noche cuando mi buque entra al puerto industrial de Río de Janeiro. Todos los pasajeros estamos escrutando la franja de luces de la prodigiosa ciudad, apoyados en el barandal. Durante los últimos 15 días no hemos dejado de navegar, salimos desde Le Havre en Francia, seguimos las costas españolas y africanas hasta Costa de Marfil, desde donde cruzamos el Atlántico para llegar a la ciudad brasileña de Salvador de Bahía, en donde tomamos el rumbo del sur. Ahora estamos por llegar a la exótica perla tantas veces evocada por los marineros de nuestro barco, el Grande Sao Paulo de la Grimaldi, compañía italiana que transporta coches por todos los mares del mundo.

 
Paraíso e infierno

Al amanecer desembarco con la firme intención de arrancarle a la Cidade Maravilhosa sus más recónditos misterios. Un taxi me lleva hasta la cumbre del cerro Corcovado para ver de cerca la emblemática estatua de Cristo Redentor, que parece reconciliar en un sólo abrazo el cielo y la tierra la ciudad y el infinito. Gozando de este punto de vista estupendo, se puede apreciar el urbanismo caótico de esta ciudad que se desarrolló entre la sierra y el océano, con sus túneles y puentes construidos para dar paso al tráfico.

Observo las favelas, barrios pobres que retan las leyes de la gravedad, escalonadas sobre la montaña. Es increíble que con tanta belleza, Río sea una de las ciudades más violentas del mundo. Pero la favela no sólo es la cuna del crimen, también es el caldo de cultivo artístico de donde salió este baile cuyos ritmos dieron la vuelta al mundo, la samba. Bajo el sol de la mañana luce la forma perfecta del Pão de açucar que sale del mar cual el gigantesco pulgar de Poseidón, el dios griego del océano. Esta roca, cuyo nombre significa piloncillo, es mi segunda etapa.

 
Perspectivas sobre el monstruo sagrado

Llego a mediodía a la estación de teleférico que permite subir a la famosa piedra. Lástima, como suele suceder, la fila de los turistas es larga, demasiada espera para mí. Observo que antes de llegar al Pan de azúcar, el teleférico hace escala en otro cerro en donde se puede subir caminando. Me lanzo a pie bajo la vegetación tropical.

Después de media hora de ascensión, descubro un panorama fantástico sobre la bahía, con sus playas doradas, modernos edificios y sierra cubierta de vegetación selvática. En frente domina la forma perfecta del Pan, coronado por ligeras nubes con el teleférico que va y viene entre las dos cumbres.

Hacia el sur se extienden las playas de Copacabana e Ipanema. La primera se ha vuelto una leyenda por su espíritu festivo y los hoteles y restaurantes que han adoptado su nombre alrededor del mundo son incontables. Pero en la segunda se respira un aire diferente ya que es el punto de reunión de los surfers, yupis y otros jóvenes cariocas, como se llaman a los habitantes de Río.

 
Guapos playeros y aceite para broncear

El autobús me deja en medio del barrio de Copacabana, un lugar increíblemente contrastado. La prestigiosa zona hotelera se concentra en los dos kilómetros de la avenida Frente do Mar y mientras me alejo de la playa, las calles se vuelven más pobres. Copacabana presenta un conjunto pintoresco, con su bulliciosa avenida comercial recorrida por vendedores de frutas exóticas.

Los puestos del malecón ofrecen antojitos brasileños y cocos de dois Reais, el equivalente de 12 Pesos Mexicanos mientras los restaurantes típicos, llamados rodizios, proponen cortes de carnes, pescados y mariscos que llegan a tu mesa hasta más no poder. Durante todo el día, incluso en las horas calientes, la playa es recorrida por deportistas entusiastas que apuestan todos los éxitos en la belleza del cuerpo.

Al abrirse la noche, los exuberantes travestis de Copacabana se adornan con todos los colores del arcoíris y empiezan a hacer fila afuera de los antros de la zona. Sus perfumes extravagantes llegan a mis narices, me siento mareada y tengo ganas de escribir cuentos de amor, sexo y muerte. Estamos a sábado y la noche promete ser larga.

En la playa de Ipanema, de noche como de día se respira un aire totalmente diferente. Es una zona rica, ordenada, elitista. Aquí se agrupan los jóvenes acomodados y cada tendencia sexual tiene su espacio propio en la playa. Bajo el sol candente de las dos de la tarde es una delicia refrescarse con el açaï, pronunciar “asai”, una nieve rica en vitamina C hecha con la fruta de mismo nombre.

 

Acerca del Carnaval:

En Brasil se celebra 40 días antes de Pascua, al comenzar la Cuaresma. En esas fechas, la ciudad se transforma por completo y una muchedumbre enloquecida invade el Sambódromo, una avenida grande donde bailan día y noche sin interrupción. Desafortunadamente, los hoteles suben mucho sus precios en esa temporada y más vale reservar con anticipación.

Para conocer las fechas del Carnaval de este año, pica aquí

blog.deviajeabrasil.com/2010/05/14/fechas-del-carnaval-2011

www.riodejaneiro.com

 

Dónde comer:

Pampa Océano

Este restaurante tiene un delicioso buffet de ensalada y rodizio de pescados y mariscos, la comida te costará 50 dólares, pero vale la pena pagarlo ya que toda la comida es fresca deliciosa.

ipanema.com/restrnts/seafood

 

Dónde salir:

Help

Situado a dos pasos de la playa, es el antro ideal para observar la vida nocturna de Copacabana. Un “must see” en Río.

Av. Atlântica, 3432 - Copacabana

Rio de Janeiro

 

Dónde dormir:

Hotel Ouro verde

Este hotel era el más lujoso de Río en el setenta. Ahora, ya bajo sus precios y ofrece un interesante ambiente vintage.

Av. Atlantica, 1456 Copacabana, Río de Janeiro

Acerca del autor

Laetitia Thollot

Laetitia Thollot

Nací y crecí en LyonFrancia. Me encanta viajar, pero me falta mucho por descubrir. En mi última carta a Santa Claús, solicité boletos redondos a paises asiáticos como JapónNueva ZelandaTailandia y Bután.

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