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Nov07

Auschwitz, para evitar el olvido

07 Noviembre 2012 Texto // Enrique Escalona

Una lluvia finísima empapa las ropas de los numerosos visitantes que hacen fila para entrar a Auschwitz, el más grande de los 10 mil campos de concentración Nazi que existieron en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los pocos campos conservados como museo del holocausto y preservado para honrar a los caídos, pero sobre todo, para recordarnos que nunca debe volver a repetirse esta historia.

Quizá la primera pregunta que venga a la mente ante la existencia de sitios como Auschwitz sea ¿para qué conservar estos lugares de terror? Existen múltiples respuestas, para evitar el olvido, para conocer la historia de las 11 millones de personas que murieron en estas fábricas de muerte, para apreciar más nuestras libertades y principalmente, para hacernos responsables y evitar que algo similar vuelva a ocurrir. El filósofo alemán de origen judío Theodore Adorno expresó ese sentir diciendo que había que recordar Auschwitz para que la barbarie no se repitiera; mientras que Primo Levy, escritor sobreviviente del holocausto, mencionó: “nunca podremos comprenderlo, pero es nuestro deber conocerlo”

AUSCHWITZ, UNA ADVERTENCIA DE LA HISTORIA

Los campos de concentración Nazi fueron construidos de 1933 a 1945, 12 violentos años en los que 11 millones de personas fueron asesinadas en esos lugares, principalmente judíos, pero también gitanos, comunistas, prisioneros de guerra, enfermos mentales, discapacitados, ancianos, homosexuales, testigos de Jehová o a cualquier pensador, líder o intelectual que se opusiera al régimen Nazi. Además, los campos fueron fábricas donde millones de personas fueron obligadas a trabajar en condiciones inhumanas para mantener la maquinaria de guerra alemana funcionando.

Auschwitz está en la ciudad de Oswiecim, muy cerca de Cracovia, la capital cultural del este de Europa y en definitiva la ciudad más hermosa de Polonia. Al partir una amiga polaca me despide con la siguiente frase: “no puedo desearte que tengas un buen día, porque lo que vas a ver no pone feliz a nadie, pero tienes que verlo”. El comentario no es exagerado, después de todo es el lugar donde más humanos han muerto a manos de otros humanos en la historia y Auschwitz es una palabra universal que significa genocidio, muerte, maldad y vergüenza.

Durante el viaje el sol de Cracovia se oculta, a la par que aparece una espesa niebla que apenas deja ver algunos edificios y barracas rodeadas de alambre de púas y torres de vigilancia. Antes de entrar al museo del holocausto de Auschwitz se nos advierte que estamos en un sitio histórico donde conoceremos la triste vida en un campo de concentración y donde debemos guardar respeto para los que ahí perecieron: 1,100,000 personas de origen judío de diferentes países de Europa, 140,000 polacos, 20 mil gitanos, 10 mil soviéticos y 10 mil prisioneros de otras nacionalidades, quienes murieron de hambre, por exceso de trabajo, en ejecuciones en masa, de enfermedades, epidemias, torturados, castigados o en experimentos médicos a manos de un régimen que se creía superior, física, genética y culturalmente.

El museo fue inaugurado en 1947 y en 1979 se volvió patrimonio de la humanidad, desde entonces millones de personas, principalmente de Polonia, Alemania, Estados Unidos e Israel, han llegado a este lugar a ser testigos de cómo puede ser utilizado el progreso a favor de la barbarie.

Todas las fotos son propiedad del Museo y memorial de Auschwitz-Birkenau: www.auschwitz.org.pl

UNA JORNADA EN EL INFIERNO

Tras cruzar la puerta con la tristemente célebre inscripción “Arbeit Macht Frei”, el trabajo nos hará libres, pueden observarse los hornos del crematorio, en donde de acuerdo a las propias autoridades alemanas se quemaban 340 cuerpos por día, de lo que dan constancia las gigantescas pilas llenas de cenizas humanas. Más adelante nos encontramos con cientos de latas vacías del mortífero gas Zyklon B, usado en las cámaras de gas. Cerca de ahí numerosos edificios de la burocracia Nazi dan cuenta de la excelente organización y eficiencia de esta fábrica de muerte, con cifras y espacios que dan escalofríos. En esta zona se encuentran los laboratorios donde los científicos nazis experimentaban con seres humanos, buscando la manera de esterilizar a los eslavos, probando nuevos venenos y tratando de encontrar los límites de la resistencia humana.

Afuera un camino conduce a las barracas de mujeres, donde hasta 30 de ellas dormían agolpadas en 2 metros, apretujando sus esqueléticos cuerpos y soportando el crudo invierno en una habitación sin ventanas, los guías nos muestran los rieles construidos a lo largo de las literas para facilitar el retiro de los cadáveres de las prisioneras que morían por la noche.

En las barracas destinadas a los hombres destacan las pinturas hechas por los prisioneros, la mayoría altares grabados en la piedra con las uñas y mensajes desesperados de auxilio. Muy cerca se encuentra la agujereada barda de fusilamientos, así como numerosos patíbulos con sus respectivas horcas, usadas por los oficiales ante la más mínima insubordinación, más adelante están las fábricas donde los prisioneros construían armas, cohetes, ropa, ladrillos y todo lo que necesitara el Estado Nazi. La eficiencia al servicio de una corporación formada por psicópatas y asesinos.

Pero aún falta la parte más emotiva y dura al mismo tiempo, un salón con los objetos personales de las víctimas, fotos familiares, prótesis, maletas, ropa, zapatos, un cargamento de siete toneladas de cabello de las prisioneras, que era vendido para hacer pelucas y los documentos que dan cuenta de una operación de robo y saqueo excelentemente organizada por funcionarios y burócratas desde los barrios más elegantes de Berlín, donde se contabilizaba cada pieza dental de oro obtenida, el volumen exacto de los bienes arrebatados a los prisioneros y las sumas enviadas a los bancos en Suiza.

Los libros dan cuenta de los tiempos de escasez, contabilizando el correcto uso de grasa y piel humana para fabricar jabones y lámparas. La tecnología y el progreso al servicio de la eliminación masiva de seres humanos, quienes debían cambiar sus nombres por números en un intento obsesivo por desaparecer la historia de pueblos enteros.

Miles de fotos de los prisioneros tratan de evitar ese olvido, y la tumba colectiva de Auschwitz se ha vuelto la meca del peregrinaje de los hijos, nietos y amigos de las víctimas, quienes acuden todos los días para dejar flores y veladoras. Es muy fuerte ver a familias enteras reunidas ante el nombre o la foto de sus seres queridos, recordando que detrás de las impresionantes cifras hay seres humanos. En este punto de la visita se necesita un poco de aire fresco, menos mal que a la salida un monumento nos recuerda en su inscripción que es posible construir un mundo en el que la tolerancia y el respeto sean los valores que nos alejen del fanatismo y de la guerra.

Todas las fotos son propiedad del Museo y memorial de Auschwitz-Birkenau: www.auschwitz.org.pl

DESPUÉS DEL HOLOCAUSTO

A pesar de que la mayoría de los campos fueron desmantelados por los nazis en un intento de destruir las evidencias de sus atrocidades, existe una veintena de campos de concentración conservados como museos en Polonia, Alemania, Austria, República Checa, Hungría, Italia y Grecia; incluso se conserva el más viejo, construido en 1933 en Dachau, un poblado cercano a Munich.

Otros nombres vinculados al horror son los campos polacos de Sobibor, Belzec, Treblinka y Chelmo, en donde yacen 2 millones de cadáveres de los que no se pudieron recuperar los nombres; la fortaleza de Terezin en República Checa, convertida en un campo de exterminio y en Alemania: Sachsenhausen, donde 100 mil personas fueron ejecutadas; Bergen- Belsen, donde murió Anna Frank y el Holocaust Memorial Center de Berlín, un importante centro de documentación con muestras de fotos y objetos relacionados con los campos de concentración.

Tras el holocausto todo cambió, se perdió la confianza en la humanidad y salió a flote nuestra parte más negativa, los valores que habían tardado siglos en construirse fueron tirados por la borda en poco más de una década. Salgo preguntándome si podremos prevenir que algo similar vuelva a pasar, esperoi que sí, aunque a veces parezca que aunque conocemos la historia, estamos condenados a repetirla.

Acerca del autor

Enrique Escalona

Enrique Escalona

Lo único que ha podido planear en su vida es su próximo viaje... y pues de algo había que trabajar ;)

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